¡Salud! ¡Salucita! ¿No es irónico utilizar estas expresiones después de tres horas con quién sabe cuántos tragos de más y a punto de estrellarse en la avenida, o a un paso de ser miembro de la Asociación de Alcohólicos Anónimos?
En la pubertad tuve bastante
interés por probar la cerveza, todos en las fiestas bebían, y quien no bebía
era un teto. Comenzaban las risas, pláticas incoherentes, algunos fajes entre
los que se acababan de conocer y los viejos conocidos, pleitos, en fin, de todo
había. Y era divertido.
Pero aquello fue en una época de
confusión, de depresión, de vale queso la escuela al fin que mis papás me
mantienen, el futuro está muy lejos y tengo derecho a divertirme, cuando cumpla
los 18 me voy a independizar, etc. Qué fácil es hablar. Sin embargo, el tiempo
vuela y yo sigo en casa con mis padres, alcanzada por aquel futuro que creía
lejano en el cual ya tengo más responsabilidades, más consciencia de que la
vida no es fácil y que nadie me va a resolver mis problemas, pero aún así, sigo
teniendo derecho a divertirme. Sí, a divertirme, no a embrutecerme.
Hubo dos o tres ocasiones en que me
pasé de “chelas”, creo que con una más y ya no hubiera sabido nada. Pero tuve
suerte de que no me pasara nada malo porque en algunos lugares no conocía a
nadie, sólo a la amiga que me había invitado y mis padres creyendo que estaba
en el parque. La última cruda que tuve fue la peor, tres caguamas y media yo
solita y haciendo desfiguros en la calle. Dos días con un insoportable dolor de
cabeza, náuseas y un sentimiento de culpa terrible y la frase obligada: “No lo
vuelvo a hacer”. Afortunadamente yo no he tenido que tocar fondo para
reaccionar.
Hace poco saliendo a la tienda vi
a una chava orinando en plena entrada a mi edificio, le vi todo, ¡ah!, fue asqueroso.
Ella y sus amigas al escuchar mis pasos salieron corriendo. Cuando llegué a la
tienda había un montón de chavas cayéndose de borrachas esperando a que los dos
tipos con los que iban les dieran más alcohol. Me dio mucho asco tan sólo de
respirar el aliento que llegaba a tres metros. En otra ocasión también en una
tienda, era medio día y un tipo se cayó de borracho y me llegó a empujar. Verlo
tirado ahí apestando me dio repulsión pero más que eso, me dio lástima.
Beber es rico, claro, para quien le gusta, además relaja y en cierta medida es saludable para el organismo, pero hasta ahí. No es divertido, es patético ver a alguien tirado de ebrio o ebria, sin poder hablar bien, haciendo el ridículo y dando pena. Pienso que a nadie le gustaría que sus familiares o amigos se avergonzaran de uno por el “pequeñísimo” detalle de pasarse de tragos.
Publicado en el año 2007

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