Desde niños nos enseñan a preferir cosas de muy buena calidad antes que tener calidad como seres humanos, muchos ni siquiera saben qué significa eso. Afortunadamente yo conozco algunas personas que anteponen sus principios a lo material o que por lo menos, y hablo por mí, intentan no caer en el juego del “cómprese y tírese” y mejor gozan de la vida sin necesidad de productos que no nos sirven más que para seguir alimentando los estereotipos de una supuesta vida feliz.
Recuerdo que cuando era niña al
ver la televisión no importaba qué sucediera, la tenía que ver, aunque mi papá
llegara cansado de trabajar y aún así hacía el esfuerzo extra de pasar a la
tiendita y comprarme mi cajita de dulces con el muñequito sorpresa, esperando
que al abrir la puerta yo corriera a abrazarlo y llenarlo de besos. En vez de
eso yo tenía que ver la serie de chavos rubios, guapos, demasiado buena onda
para ser verdad, viviendo en casas que no estaban nada mal, con sus coches de
lujo y una escuela en donde ni siquiera tenían que estudiar, sólo era para que
uno se identificara con ellos como estudiantes incomprendidos. Papá podía
esperar, primero tenía que atender a los chavos de Beverly Hills 90210 que para
mí y mis compañeras de la escuela eran lo máximo. No tenía nada que ver conmigo
ese estilo de vida, ni con nadie que yo conociera, por ello cada vez que
terminaba el programa me sentía verdaderamente miserable por no ser como ellos.
¿Qué absurdo, no?
Es bueno querer superarse y tener
lo mejor, digo ¿a quién no le gusta tener lujos?, pero sin hacer a un lado a
nuestros seres queridos o a gente que ni siquiera conocemos pero que tampoco
nos ha hecho ningún mal, o dejar de valorar las cosas que realmente dan sentido
a nuestra vida, así sea observar una puesta de sol, un eclipse, los primeros
pasos de un niño, nadar en el mar, ver cómo mueve la cola un perro cuando su
dueño llega a casa, o cuando alguien que no te esperas se haya acordado de tu
nombre, y tantas cosas más. Y aunque para algunos talvez esto no signifique
nada y hasta les parezca ridículo o cursi, para mí y para esas pocas personas
que conozco eso es calidad, pero calidad humana, saber valorar lo bueno, lo que
muchos hasta envidian y por eso critican y se ríen de los que tienen amor
incondicional. Es patético ver cómo tienen que recurrir hasta la humillación
para tener a alguien que mínimo los abrace.
Yo no compro ni vendo cariño, la
vida ya de por sí es muy complicada como para complicarla más. El valor de una persona
no lo dice un ticket de compra o el estado de cuenta de American Express, lo
dice su capacidad de amar y respetar.
Publicado en el año 2006

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